Palacio de Marivent: Un jardín real

Tras más de cuarenta años accesible solamente a la contemplación y a los paseos de la familia real española y sus ilustres invitados, el jardín mediterráneo del palacio de Marivent es hoy un espacio abierto para aquellos ciudadanos que deseen visitarlo.  

Las pocas veces que fuimos a cenar al restaurante situado frente al palacio, resultaba imposible no fijarse en aquel pórtico de entrada semicircular, el techo de tejas y el nombre en mayúsculas incrustado en la piedra: MARIVENT. La imagen de un guardia real con su uniforme azul marino apostado frente a la entrada, desafiando bajo una sombrilla la humedad del verano de la isla, es otra de las imágenes que los mallorquines conservamos en nuestra memoria. 

Cuando en mayo del 2017 se anunció que el jardín de Marivent iba a abrirse por primera vez al público, muchos de nosotros imaginamos que por fin íbamos a poder presenciar las maravillas de un nuevo Versalles... 


Corría el año 1924 cuando el arquitecto mallorquín Guillem Forteza empezó a construir el palacio de Marivent por encargo del ingeniero y coleccionista Juan de Saridakis. De origen griego, aunque nacido en Egipto, Saridakis se encargó de dibujar personalmente el trazado y los límites del palacio situado sobre el acantilado de Cala Fornaris, en el barrio palmesano de Cala Major. 

A su muerte en 1963, la viuda de Saridakis donó el edificio, los terrenos y la herencia a la diputación provincial de Baleares, y ésta la cedió a su vez a la corona española. Desde el año 1973, y de forma ininterrumpida, Marivent ha sido la residencia oficial de verano de la familia real y protagonista de portadas en publicaciones del mundo entero.  


Con la emoción de estar a punto de vivir un momento trascendental, nada más cruzar la puerta de entrada encuentro el cartel informativo que recibe a todo visitante deseoso de conocer el jardín de Marivent. En la parte superior del mismo hay un mapa del lugar con el útil “usted está aquí” y un listado de las cuarenta especies vegetales, autóctonas en su mayoría, que habitan en los cerca de 9.000 m2 abiertos al público, bastante alejados del majestuoso palacio en el que, entre el bosque y el mar, se refugian de los calores estivales los miembros de la casa real.  


Pero tras recorrer el jardín en unos pocos minutos y sacar las fotos de rigor, he de confesar que me quedo un tanto perpleja. ¿A dónde había ido a parar todo el esplendor de Versalles en mi fantasiosa imaginación? Todo lo que podía ver a mi alrededor era un jardín bonito y bien cuidado, sí; pero, al fin y al cabo, uno más de los espléndidos jardines mediterráneos que podemos contemplar en muchos puntos de esta maravillosa isla.


Así que estoy dándole vueltas a este pensamiento, cuando de pronto y por casualidad me cruzo en el laberinto del jardín con el rey. Pero no con el rey Felipe. Sino con Pere Gomila, el verdadero “rey” del jardín de Marivent, pues es el responsable de su mantenimiento desde hace más de quince años. A pocos días de jubilarse, contemplando con no poca nostalgia el que ha sido su lugar de trabajo durante tantos años, sentado en un banco Pere cuenta anécdotas y momentos vividos en el lugar. Recuerda, por ejemplo, como los nietos del rey emérito Juan Carlos disfrutaban yendo en bicicleta de aquí para allá. O como la princesa de Asturias, Leonor, y su hermana la infanta Sofia, tenían por costumbre dejar comida para gatos en cualquier rincón del jardín. 


“Lo que a mí me hubiera gustado ser es payés y trabajar en el campo”, me confiesa Pere. Terminó ejerciendo de jardinero urbano porque era lo que más demanda tenía entonces. 

Durante estos tres lustros se ha dedicado a ganarle terreno al bosque mediterráneo que separa el palacio del jardín, y que antaño era un huerto. “Habré tardado más de doce años en lograr tener el romero tan tupido”, comenta orgulloso junto a un azahar de la China, el ejemplar más longevo del jardín, con casi cien años de antigüedad. 

Gracias a las observaciones de Pere aprendo a ver más allá en este jardín que hasta entonces me había parecido un tanto insulso —seguramente por mis elevadas expectativas iniciales— y a disfrutar de los diferentes espacios que con tanto esmero ha cuidado.     


Cuenta Pere que siempre se ha llevado de maravilla con los miembros de la familia real, que han confiado en él y que le han permitido ser todo lo creativo que ha querido. De hecho, se deshace en elogios hacia los que durante muchos años han sido los únicos que realmente han podido disfrutar de su trabajo. “El morbo siempre esta allá arriba”, dice, señalando la única esquina del tejado del palacio que se puede vislumbrar allá a lo lejos. Y se queja de que muchos visitantes, atraídos por el marketing del lugar, se olvidan de que el mayor placer casi siempre está en lo sencillo. “Lo único que deseo en el futuro es que la gente disfrute del jardín”, concluye Pere. Así, sin más pretensiones.  


A escasos seiscientos metros del palacio de Marivent vivió y trabajó durante muchos años Joan Miró, uno de los grandes iconos del arte del siglo XX. Cuando el jardín se abrió al público, la Fundació Miró Mallorca cedió al Govern de les Illes Balears un conjunto de doce esculturas de bronce fundido que pueden contemplarse a lo largo de este recorrido. 

Quién sabe si hasta la ventana del taller de Miró llegaba también el aroma a romero y a lavanda de este pequeño remanso de paz que hoy, sin ser Versalles, es un poquito más nuestro. 

Image modal