Una forma de vida

Pep Mayol (Fornalutx, 1956) y Gori Mayol (Fornalutx, 1991) se embarcan cada mañana en su llaüt amarrado en el Puerto de Sóller. Padre e hijo son pescadores tradicionales, de los de toda la vida. Un oficio en peligro de extinción por la falta de relevo generacional.

Con las primeras luces del día y rodeado de la habitual soledad del mar, Gori Mayol detiene el pequeño llaüt junto a una boya con una bandera roja. En los próximos 10 minutos, una red de 50 metros de longitud hundida ahora bajo las azules aguas del Mediterráneo, emergerá traccionada por un rodillo a motor sobre la cubierta de la embarcación. En su interior se apelotonarán langostas vivas, langostas sin cabeza, cangrejos, caballitos de mar, algún cap roig, peces pegando coletazos, tierra, piedras y algas.

“¿No te dan pena los peces?”

“Sí, me dan pena… Espero que alguien se los pueda comer, que se aprovechen... Nosotros hacemos una pesca sostenible y artesanal, no hacemos pesca de arrastre ni deportiva, que es algo que no entenderé nunca… Esto es un trabajo, una filosofía, una forma de vida...”.


Todos los días a las seis y media de la mañana Gori se sube a Passador, su llaüt de 8 metros de eslora, con la esperanza de encontrar cargadas de peces las redes que la tarde anterior dejó caladas en la inmensidad del mar abierto.

El rumor constante del motor, dibujando a su paso un breve sendero de espuma blanca, acompaña el inicio de la travesía. 

Gori pesca siempre junto a Pep, su padre, un hombre de mar de toda la vida. Macizo y de pocas palabras, su barba densa y blanca recuerda a la del escritor Ernest Hemingway, autor de “El viejo y el mar”, la alegórica novela sobre el mundo de los pescadores y su lucha por la supervivencia.

Gori es delgado, de barba oscura, sin ser locuaz un poco más expresivo que su progenitor. Ambos trabajan sin apenas cruzar palabras, enfundados en sus monos amarillos que les cubren todo el cuerpo. Apenas la red aparece, Pep tira de ella con ambas manos, no sin esfuerzo. “Ahí viene uno… otro… un cangrejo… un cap roig...”, anuncia de tanto en tanto.


Siempre detrás de su padre, Gori se encarga de separar los diferentes ejemplares. Con delicadeza, sin apuro, tranquilo y concentrado. Aquí la paciencia es fundamental: solo podrán vender los peces que estén enteros.

“Me gusta trabajar con mi padre”, dice Gori, que acaba de devolver un dentón sin cabeza a las profundidades del mar. “Él me lo ha enseñado todo. Los dos tenemos un carácter parecido. Más de gestos que de palabras”... 

El trabajo de pescador es un oficio duro, requiere fuerza y una constante atención para percibir las señales de la naturaleza: saber leer si el silbido del viento anuncia un mar calmado o movido, o cómo sortear una ola de tres metros que súbitamente aparece de la nada. 

Entre la temporada de la sepia y el dentón, y la pesca a mano y cuidadosa del jonquillo, cuentan que a veces navegan entre delfines. Y que incluso una vez sintieron la red mucho más pesada de lo habitual. 

“Cuando lo vimos no lo podíamos creer. Era un tiburón de nueve metros”, dice Gori. “No sabemos cuánto pesaba porque lo soltamos. Lo hubiéramos podido remolcar, pero no tiene valor económico”.

“Estaba enfermo”, sentencia Pep, sin quitar los ojos de la red.

En silencio siguen trabajando. Ahora Gori desenreda un cap roig, dice que es un pescado que le gusta mucho, y también el salmonete. Con la mano haciendo de visera para protegerse del sol, mira al horizonte.

“Una vez tuve miedo en medio de un temporal. Estábamos cerca de la costa, pero en una zona sin cobertura y el motor se paró. Un compañero tuvo que venir a rescatarnos”. El invierno y los temporales son los grandes enemigos de los pescadores. Pero también los veranos “raros”, de mal clima y suerte negra.


De regreso al puerto, la mercancía del día se pesa y se vende a precio de mercado en la lonja. Parte de la pesca del día se congela, y a la mañana siguiente se envía temprano a Palma. 

“En verano puedes recibir un sobre de 1.000 euros por semana. Pero puede que la semana siguiente no sea igual”, explica Gori. “Los pescadores debemos gestionar bien nuestro dinero. En invierno también hay que pagar gastos”. 

Desde hace un tiempo, Pep y Gori suben a su llaüt turistas por intermediación de Pescaturismo, una iniciativa sostenible y respetuosa con el mar y su cultura, que da la oportunidad a los visitantes extranjeros de conocer en primera persona este modo tan mediterráneo de ganarse la vida, y en serio riesgo de desaparición. “A los jóvenes este trabajo no les compensa, es duro y requiere sacrificios que no están dispuestos a llevar a cabo”.


“¿Cuánto pescado comen en casa?”

“No mucho”, dice Pep. “Y tampoco sé cocinarlo. En casa de herrero, ya se sabe, cuchillo de palo”.

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